jueves, 10 de julio de 2008

Subway I

Desde hacía varias noches, durante el último turno, Gregor la veía pasar desde su cabina. No tenía una hora fija, a veces era unos minutos antes de las once, antes de que él saliese en busca de su café; alguna vez había aparecido más tarde, muy pasada la medianoche. Sucedía como una extraña cadena de acontecimientos cotidianos, como un ritual que se repetía a diario, ante sus ojos entrecerrados por el sueño. Quizá sea ése el motivo de que tardase muchos días en entender que no se trataba de un producto del espacio inexistente entre la vigilia y el sueño.
Todo había empezado tras la noche de los incendios, hacía poco más de un mes. Hasta ese día el trabajo de guarda de seguridad en el metro se había reducido a una cuestión presencial. Alguna rata, el ulular de las corrientes de aire templado, el olor a diesel, la emisora de radio carraspeando un consultorio nocturno sobre medicina alternativa. Y así noche tras noche durante largos años que se iban reflejando en su cara de adulto escéptico y tranquilo. En ese tiempo pudo desarrollar un gusto por placeres no habituales, pero de una sencillez exquisita. El eco que se producía al golpear una lata en el centro de la terminal, el ruido puntual del reloj de solapas de su oficina, el caldo de pollo sintético que nadie probaba de la máquina del café. Se dosificaba metódicamente estas alegrías a lo largo de las ocho horas de su turno, como un adicto consciente y responsable.
Pero aquella noche había sido muy tensa. Las ratas habían tomado la estación en una huida descontrolada, chillando como locas. Las explosiones en superficie, los gritos. Por algún motivo el teléfono no tenía línea y, sintiéndose seguro allí, había decidido esperar en la estación a que todo estuviese más tranquilo, retorciéndose los nudillos y escuchando. Al salir, la ciudad empezaba a cubrirse de ese brillo violeta de los amaneceres y ocasos invernales, pero el panorama era diferente al de otras noches.
Una gran columna de humo denso se elevaba a cientos de metros sobre la torre Hansen, y otros grandes edificios de la ciudad mostraban sus paredes de ladrillo, sin el enlucimiento de metal o yeso, ennegrecidos y mojados. Los contenedores de basura y las papeleras guindaban en hilos como fondues de queso suizo. Cristales rotos, regueros de sangre. Parecían los restos de una guerra, pero con la luz del sol, entre el ruido de sirenas lejanas y olor a plástico quemado, todo estaba en paz.
Gregor llegó a casa y se metió en cama con una taza de cereales y el televisor encendido, para escuchar las noticias, pero el sueño le venció minutos después de terminar su desayuno. Soñó con invasiones alienígenas que destruían el mundo, menos el extraño subestrato del metro, que él poblaría de sus ciegas criaturas de la noche a las que querría como a hijos.
Cuando despertó ya estaba anocheciendo. Desde la calle se filtraba la luz naranja de una farola por su persiana, estampando sus sábanas arrugadas. El televisor aún escupía inconexas hipótesis sobre los incendios. Pero Gregor no le hacía caso. Ya se afeitaba, ya se abrochaba el uniforme. Ya se había ido, y caminaba por las calles pobladas de luces brillantes. El viento se había llevado gran parte del olor penetrante a polímero churruscado, y la presencia de humanidad alrededor disimulaba los efectos de la noche pasada.
Un breve saludo marcó el cambio de turno. El sol se puso mientras se sentaba sobre la silla de metal recalentada por el anterior empleado. Ésa sería la primera noche que la vio.
Algo le llamó la atención sobre el andén de en frente. Un brillante en el suelo, quizá un tesoro, una chapa, un trocito de papel metálico de una caja de cigarrillos. Una secreta intriga le acompañaba mientras cruzaba el paso elevado con el viento en contra. Cruzó el umbral al andén apresuradamente, pero se frenó en seco, para no dar la impresión de que realmente estaba emocionado. Se acercó al objeto indirectamente, observándolo de lejos. Era una pieza blanquecina, triangular, y muy brillante, de un par de centímetros de lado. Un ruido le alarmó en el andén contrario, un murciélago, una rata tal vez. Pero él se abalanzó sobre el objeto, lo metió en el bolsillo de su chaqueta y volvió casi corriendo por el pasillo, con el viento a favor, inflándole la ropa. Y con sus dedos hundiéndose en el canto de su hallazgo.
En su cabina lo estudió más detenidamente. Era una pieza translúcida y levemente rosada, de bordes y uniformes, como una gran uña plana o una escama de plástico, flexible y dura al mismo tiempo. Sin duda, daría para muchas horas de investigación y especulación al respecto.
Perdido entre divagaciones sobre la procedencia del artículo, con una taza de caldo en la mano, simplemente, la vio pasar. Sin preámbulos de ruidos nocturnos de procedencia desconocida, sin salir a investigar con una linterna averiada, ni el batir de un corazón histérico en las vías. Asomó la cabeza desde el túnel de la izquierda, de algún modo trepó por la bóveda hasta quedar a cuatro patas sobre el techo, y a toda velocidad recorrió la parada sorteando las lámparas fluorescentes, ante la mirada perpleja e inmóvil de Gregor.




2 comentarios:

Noé dijo...

¿En un paso elevado del metro le daba el aire?

VeryBerry dijo...

Los pasos elevados del metro son túneles donde se acelera la corriente creada por la succión del convoy... ¿Nunca has estado en uno? Es un aire tibio muy extraño... Hasta se escucha cuando no hay nadie...