Hacia las 9 de la mañana Alicia consiguió reunir las fuerzas necesarias para enfundarse su bañador gastado, revisar su depilado y encaminarse hacia la piscina universitaria. "Menudo día he elegido" se dijo, mientras corría entre los charcos, haciéndose menuda y ágil en su chubasquero rojo.
En la piscina sólo nadaba una chica morena, de empresariales, parte del equipo oficial. Alicia se quitó el chándal, se mojó la cabeza y los pies en la ducha y se acercó al borde de la piscina. Le fascinaba la idea de saltar desde el pivote de competición para así lanzarse a nadar mil largos en quince minutos. Se rascó el pie contra el granito del borde y se lo pensó mejor. En el techo los reflejos del agua bailaban y se mezclaban, mientras que en las cristaleras laterales la lluvia se estrellaba ruidosamente, como queriendo reunirse en el gran caldero de azulejos azules. Bajó por las escaleras, sonriendo al ver que su bañador cambiaba de gris plateado a casi negro según avanzaba la linea del agua. No le gustaba llevar gorrito.
Fuera, Marco esperaba el autobús al centro. Hoy no le apetecía nada tragarse la clase de inorgánica. La puerta de la cafetería de la piscina se abrió con un ruido de campanillas y le llegó de golpe el aroma cálido y clorado de la climatización. Se giró y la vió dudar en el agua. Se estiró un poco y comenzó a nadar, muy despacio, a braza. Sus piernas se estiraban y recogían rítmicamente, produciendo ondas tranquilas. Casi podía oirla tomar aire cuando sacaba la nariz por encima del agua. Al completar el largo se volvió a estirar, y comprobó que el gorró estaba bien colocado.
Marco, que tenía las manos en los bolsillos del pantalón, las fue juntando hasta que sus pulgares se tocaron en su pelvis, separados por un par de capas de tela. Suspiró. Su deseo se condensó sobre el cristal en forma de mínimas gotitas, miles de ellas, dentro de las cuales Alicia había reanudado su lenta marcha hacia el otro lado de la piscina. Marco encendió un cigarro sin quitarle los ojos de encima a esa espalda bien tapizada, sobre la cual subían y bajaban mareas enteras para chocar y morir a cada brazada. Un río de cabellos negros, audaces evadidos de su prisión de goma, flotaba como un manojo de algas sin voluntad, persiguiéndola en su carrera. El humo huyó de su nariz y su boca en un remolino y se difuminó sin dejar restos. Al llegar al otro lado, se paró de nuevo.
El autobús llegó a la parada, y Marco tiró el cigarrillo al suelo, pero al ir a apagarlo con el zapato, calculó mal, y la brasa se quedo humeante bajo el porche. Corrió esquivando charcos hacia la marquesina. Alicia levantó la cabeza y y vio el hilillo de humo, y tras él, haciéndose más pequeño, a Marco. Trataba de taparse el largo cabello oscuro con la capucha sin demasiado éxito. Alicia inclinó la cabeza para facilitar que saliese el agua de sus oidos mientras observaba sus largas zancadas alejándose, moviéndose bajo el agua. No pudo evitar darse cuenta mientras salía de la piscina, de que se frotaba las manos contra el pantalón. Las mismas manos que habían dejado dos marcas humedas sobre el cristal, un poco más arriba, entre ellas, una marca de vaho se iba disipando.
En la piscina sólo nadaba una chica morena, de empresariales, parte del equipo oficial. Alicia se quitó el chándal, se mojó la cabeza y los pies en la ducha y se acercó al borde de la piscina. Le fascinaba la idea de saltar desde el pivote de competición para así lanzarse a nadar mil largos en quince minutos. Se rascó el pie contra el granito del borde y se lo pensó mejor. En el techo los reflejos del agua bailaban y se mezclaban, mientras que en las cristaleras laterales la lluvia se estrellaba ruidosamente, como queriendo reunirse en el gran caldero de azulejos azules. Bajó por las escaleras, sonriendo al ver que su bañador cambiaba de gris plateado a casi negro según avanzaba la linea del agua. No le gustaba llevar gorrito.
Fuera, Marco esperaba el autobús al centro. Hoy no le apetecía nada tragarse la clase de inorgánica. La puerta de la cafetería de la piscina se abrió con un ruido de campanillas y le llegó de golpe el aroma cálido y clorado de la climatización. Se giró y la vió dudar en el agua. Se estiró un poco y comenzó a nadar, muy despacio, a braza. Sus piernas se estiraban y recogían rítmicamente, produciendo ondas tranquilas. Casi podía oirla tomar aire cuando sacaba la nariz por encima del agua. Al completar el largo se volvió a estirar, y comprobó que el gorró estaba bien colocado.
Marco, que tenía las manos en los bolsillos del pantalón, las fue juntando hasta que sus pulgares se tocaron en su pelvis, separados por un par de capas de tela. Suspiró. Su deseo se condensó sobre el cristal en forma de mínimas gotitas, miles de ellas, dentro de las cuales Alicia había reanudado su lenta marcha hacia el otro lado de la piscina. Marco encendió un cigarro sin quitarle los ojos de encima a esa espalda bien tapizada, sobre la cual subían y bajaban mareas enteras para chocar y morir a cada brazada. Un río de cabellos negros, audaces evadidos de su prisión de goma, flotaba como un manojo de algas sin voluntad, persiguiéndola en su carrera. El humo huyó de su nariz y su boca en un remolino y se difuminó sin dejar restos. Al llegar al otro lado, se paró de nuevo.
El autobús llegó a la parada, y Marco tiró el cigarrillo al suelo, pero al ir a apagarlo con el zapato, calculó mal, y la brasa se quedo humeante bajo el porche. Corrió esquivando charcos hacia la marquesina. Alicia levantó la cabeza y y vio el hilillo de humo, y tras él, haciéndose más pequeño, a Marco. Trataba de taparse el largo cabello oscuro con la capucha sin demasiado éxito. Alicia inclinó la cabeza para facilitar que saliese el agua de sus oidos mientras observaba sus largas zancadas alejándose, moviéndose bajo el agua. No pudo evitar darse cuenta mientras salía de la piscina, de que se frotaba las manos contra el pantalón. Las mismas manos que habían dejado dos marcas humedas sobre el cristal, un poco más arriba, entre ellas, una marca de vaho se iba disipando.
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