viernes, 11 de julio de 2008

Subway II

También era noche cerrada para Brick. Había perdido su casa, su coche, y sus escasas pertenencias la noche anterior, pero no parecía preocupado; sentado en un taburete frente a la barra de un bar, miraba intensamente su vaso de ron. Tibio, como a él le gustaba. De hecho, parecía que su mirada fija pudiese hacer que hirviese de un momento a otro. Bebió un sorbo y dejó de nuevo el vaso a unos milímetros del cerco redondo de alcohol vertido. Un hilillo de sangre danzó en el interior de la bebida, esquivando las corrientes etílicas hasta que se disolvió completamente. No importaba, al fin y al cabo, todo le sabía a quemado.

Sobre todo su espíritu. Toda una semana tras ella, espiándola por los callejones, revisando los restos de su cena, siguiéndola entre los cubos de basura. La hubiese atrapado si no fuese por el incendio. Aprovechó una explosión para huir, quizá sospechaba que la seguía. Desapareció en plena calle.

Y él sabía que ahora no era el momento de apresurarse, no podía pensar, las imágenes se le agolpaban una tras otra en la cabeza, aleatoriamente. Se acabó su ron y pidió aún otro; casi sin moverse, el camarero se lo sirvió en el mismo vaso. La gente no desaparece así como así tras una explosión. Es decir, uno se gira sorprendido, o trata de cubrirse, o grita, o … , pero no se esfuma así, de repente. Otro motivo más para encontrarla. Había perseguido a muchos otros antes, pero no como ella: tan blanca, tan alta, brillante, como cubierta de escamas de marfil.

Gemió al moverse, tras un par de horas sin apenas respirar. La explosión le había lanzado contra unas cajas y le dolía intensamente el hombro derecho. La idea de volver a buscarla por las alcantarillas parecía la más factible, sin embargo no le apetecía en absoluto. Un borracho se sentó en el taburete de al lado, agitando una cerveza aguada. Volcó parte del contenido sobre un libro a su lado, una edición anticuada de el Nuevo Testamento, encuadernado en plástico naranja y violeta y forrado con film transparente. Brick se apresuró a retirarlo, y secarlo con el borde de su camisa, lo que provocó la risa del borracho.

- ¡Jajaja, no te preocupes tanto, incluso a Cristo le hace falta una cerveza en una noche como esta!

Su voz le llegaba amortiguada y llena de reverberaciones. Murmuró algo, pagó sus copas y salió del bar discretamente. Le quedaban cinco dólares con treinta centavos.

En la calle corría un viento desolado, que se colaba entre las ventanas rotas y los callejones calcinados. Caminó por la avenida Matheson unos quinientos metros cubriéndose con su chaqueta azul, hasta que llegó a la conclusión de que necesitaba darle un descanso a su pobre cuerpo mortal. Descendió las escaleras de la estación del parque y se acurrucó junto al generador de una máquina de refrescos. Todo olía a diesel. Era uno de los pocos olores que no le desagradaban.

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