Pues bien, hace ya algún tiempo, bueno... fue un tiempo cuando los hombres eran hermosos y las mujeres audaces. Las doncellas se besaban en los jardines bajo la lluvia, y los efebos danzaban sobre las flores del almendro. Todos eran bellos, y ricos, y diletantes, y sobre todo... artistas. Los ingenios danzaban al nacer en las mentes de sus creadores como libélulas apareándose en los estanques; el mundo estaba cubierto de cúpulas de vidrio enmarcado en nervios de bronce, y todo aquel que recibía visitas antes del mediodía era exterminado rápidamente de la memoria del tiempo. Sin duda fue una época amable.
La historia ocurre en un lugar verde y elegante, de olor a especias cocidas, entrañas guisadas, y nubes de leche, por favor. Imaginad largos campos de brezo recortados infinitamente por pequeños muros (siempre me ha fascinado cómo pensaron que sería más práctico crear ovejas de patas cortas que no supiesen saltar, en lugar de hacer los muros más altos). Y en medio de esos campos, burbujas de cristal y vapor de colores, bajo los que paseaban los gentlemen y las ladies de entonces, protegidos por sombrillas de encaje y binoculares tintados.
Fue allí y entonces que nació un hombre no muy bien parecido, pero de un craneo sublime, capaz de dirigir sus dedos, armados de pinceles y acetonas, sobre lienzos que hacían ruborizar a la exuberante naturaleza que le inspiraba. Sus obras se consumían en el fuego de la pasión de las almas de su público, convirtiendo en cenizas, también, parte de sus sueños. Y es que, niños, el pobre tenía miedo de no volver a crear nada más hermoso que lo que ya había hecho.
En pocos años había conseguido todo lo que los demás artistas ansiaban alcanzar: fama, reconocimiento, y los suficientes encargos de galerías continentales como para no tener que volver a preocuparse de mecenas desviados que buscaban comprar no tanto su arte, como una oportunidad de penetrar en lo más profundo de su ser, físicamente hablando. En definitiva, que se pasaba los inviernos en Gross Manor con sus amigos, e inauguraba la temporada de Ascot al salir el sol, desplazándose a las orangeries, salas de té, y jardines de loto de sus benefactores en el sur de la isla.
Y fue a principios de un perfumado verano cuando le conoció a él: un joven tan ligero de espíritu como lleno de las gracias con las que Venus dota a sus elegidos. Caminaba sobre las praderas de Queens Garden tan suavemente que parecía un miembro del séquito de la reina Titania, perdido en las banalidades de este mundo.
No os escandaliceis, mis niños. En aquellos días de corazón libre, se amaba la belleza más que a nada, y carecía de importancia que su portador fuese un hombre, una mujer... o cualquier otro soporte al uso. Tampoco importaba demasiado si lo esplendoroso del recipiente no estaba con consonancia con la calidad del contenido; de hecho, tengo la certeza de que la inteligencia es una virtud que ensombrece los rostros y los priva de esa luz de inocencia que adorna a los hermosos.
¿Cómo resistirse, pues, a amar a criatura tan bella? ¿Cómo evitar el deseo de acariciar ese cuerpo de corzo? Desde la timidez que algunos artistas cultivan como guinda de su fealdad, nuestro caballero decidió retratar al bello Dorian. Hubo un día en el que las madres dejaron de regalar a sus hijos nombres tan inspirados como los del siglo del almendro: Orlandos, Judes, Dorians, Basils... Ese día la humanidad perdió gran parte de su encanto.
La pasión no realizada que movía el corazón de nuestro hombre, guió de igual modo sus diestros dedos sobre la tela blanca para capturar en ella la esencia de su deseo. Sin duda, la obra más bella que jamás se ha realizado. Si agraciado era el modelo, sus rasgos me parecieron deformados frente a las sutiles líneas y contornos del cuadro.
Sobre las anécdotas más o menos exóticas que sucedieron en relación al lienzo, está de más hablar ahora. No son más que devenires que sólo difuminan el argumento principal de este relato. Quedaos, pequeños con la esencia: la deseable hermosura es un bien incalculable, y te enriquece igualmente, así la poseas, la crees, o la busques incansable a lo largo de tu vida. Como vosotros, mis ángeles, dormid ahora y engordad, dulces y tiernos, que mañana sera otro día... un día de fiesta.
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