sábado, 12 de julio de 2008

La sombra sobre el río

Tras pensármelo un poco he decidido compartir esta historia; pero antes de hacerlo me gustaría dejar claro que detesto el realismo mágico. Una vez aclarado este punto, comienzo.
Estamos hablando de los años cuarenta, supongo que a principios, en algún punto de Cádiz, creo que cerca de Rota. Podría inventarme miles de circunstancias románticas al respecto, pero la única verdad es que Juan estaba destinado allí. Juan no había luchado personalmente en la guerra, y se vanagloriaba de que el único tiro que había tenido que dirigir hacia un ser vivo, había sido contra un perro rabioso que le estaba destrozado la pierna a mordiscos. No se estaba mal, ahora que todo estaba tranquilo; buen clima, bonitas vistas, y un par de días libres al mes para ir al cine, o a tomar algo al pueblo.
Acacia opinaba más o menos lo mismo sobre su entorno. Ella era algo más joven que él y había terminado sus estudios, quería hacer corte y confección, y así ser como las grandes actrices de las películas, siempre rodeadas de telas brillantes y sedosas, plumas y encajes que las convertían en ángeles. Y poco más le hacía falta para parecerse a ellas. Era bastante alta, delgada, con el cabellos ondulado, largo y claro como espigas maduras. Su madre había elegido su nombre en un alarde de precognición, como un adorno para una joven tranquila, dulce, que se dejaba mecer con la mirada perdida sobre el agua en las tardes de domingo, sus dedos jugando sobre la superficie en un acunar pausado, mientras el viento le arrugaba la camisa, en surcos de algodon de color café.
Llamaba la atención.
Sobre todo la de Juan, que ya no pudo dejar de mirarla. La observaba con sus amigas riéndose con un sibilar silencioso, como de viento entre las hojas. La notaba brotar y enraizarse en su corazón firmemente. Tendrían que estar juntos.
La verdad es que él también tenía algo de actor. Bajito, rubillo, y de sonrisa seductora, compensaba su falta de tipo con su ingenio. Nunca le habían faltado miradas femeninas, amigas de su hermana, hijas de vecinas. Pero nunca había tenido mucho tiempo que ofrecer a esas actividades. O quizá no era el momento.
Pero ahora sí. Ahora, es justo ahora, se repetía mientras avanzaba hacia la casa de Acacia con una bandejita de pastas envueltas en papel violeta y cordel amarillo. No voy a mentir, ignoro cómo se las ingenió. Sé que no fue muy fácil, ni tampoco muy difícil, pero pasado algún tiempo, los dos paseaban de la mano a la orilla del mar, se besaban, y se reían sin parar en la azotea persiguiéndose con las manos entre ondulantes sábanas mojadas. En algún momento, claro, las manos dejaron de perseguirse, y se encontraron.
Acacia tenía una pequeña cámara de fotos, y él la retrató difrazada con su uniforme militar, con sus botas de caballería hasta la rodilla, su camisa verde, su gorra... Lamentablemente a esta historia le falta una dosis de insulina para compensar tanta dulzura. Y no se hizo esperar, ya que el amor apasionado, el que es más grande que uno mismo, tiene la mala costumbre de fructificar de forma natural. Y de ese modo trató ella de explicárselo. Bueno, había sucedido, no sería la primera, ni la última. Se casarían, aguantarían el chaparrón y serían felices para siempre. Sólo se trataba de adelantar un poquito los planes.
Pero el joven Juan no opinaba lo mismo. Un matrimonio en esas condiciones le impediría progresar en el ejército, sería un paria entre los suyos toda la vida. No se lo pensó mucho, no le dió explicaciones. Pidió el traslado y desapareció.
Fue cuando le mandaron a Ferrol. Allí conoció a otra joven, también muy hermosa, pero no dulce y expontánea como su bello árbol. Mari Carmen, Mary como la llamaban, era anodinamente sensible, siempre dispuesta a hacer un drama de cualquier constipado familiar, perfectamente inmaculada frente a las manchas de la cultura o la inteligencia. Devota creyente, casta, entregada al cuidado de los suyos, huérfana de madre, hija de militar, y bien colocada socialmente. Sin mucho esperar Juan pidió su mano y tras ella su cuerpo para engendrar 4 hijos en Huelva, Sevilla y Ferrol.
De la estricta educación que cocieron en su hogar, creció Rocío, miembro de la secta Nueva Acrópolis y divorciada, Ángel, marinero adventista del séptimo día, Maria José, miembro del Opus Dei, y Juan María, agnóstico declarado, divorciado y post-arrejuntado con una costarricense.
En 1993 Juan murió de cáncer de próstata, pero yo estaba de exámenes y no pude ir al funeral. Una semana después volví a mi ciudad natal y mi padre me contó esta historia, alquiló un coche y nos fuimos a Cadiz. Allí conocí a Acacia, aún hermosa, soltera perenne. Le pregunté el motivo de su soltería y me dijo que no estaba dispuesta a casarse con nadie sólo por estar acompañada. También conocí a su hija, mi tía, Carmen. Y vi las fotografías. Se me arruga el corazón cuando las recuerdo.
Acacia murió un año después que mi abuelo. Supongo que ya no había esperanza de que él volviese a su lado a decirle cuánto la extrañaba, ahora que había muerto.
Sólo un detalle, a todo el mundo le extrañó la petición de mi abuelo en el lecho de muerte: quiso que echasen sus cenizas al río, al Guadalquivir, en algún remanso tranquilo, a la sombra, donde las hojas de los árboles rozasen el agua y el viento se riese en silencio entre ellas al atardecer.





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