sábado, 12 de julio de 2008

Subway III

El túnel que comunica Parque con La Colina parece recto, pero a los ciento cincuenta metros comienza una curva hacia la izquierda. En ese tramo, los raíles practican un peralte para que el maquinista no tenga que disminuir la velocidad. Esto hace que algunos pasajeros sonrían mientras se les cierra la boca del estómago disfrutando de la fuerza centrífuga.
Para alguien sentado con la espalda contra el muro el túnel , los vagones pasan en un suspiro, iluminándolo todo con una hermosa luz de polilla sintética. A veces se consigue ver mejor a alguien, a un anciano, y a veces él también consigue verle a uno y abre mucho los ojos.
Desde un punto de vista pragmático, el metro es mucho mejor que las alcantarillas. Es más humano, tiene mucho más encanto.
Pasear por él es como cerrar una cremallera, estación, túnel, estación, túnel, terminal, y a casa. Claro que también hay más gente a la que evitar, pero de noche ya no hay nadie. O casi nadie. En concreto esos momentos en los que una ráfaga de aire caliente te revuelve todo el pelo, hacen que compense todo lo demás.
Las toberas del metro están llenas de secretos y de tesoros increíbles. La succión va empujando dentro de ellas las cosas más insospechadas. En realidad, cualquiera que no temiese morir arrollado en la línea 4, podría encontrar todo lo necesario para vivir… Ropa, alimento, un refugio seguro y templado, acceso a luz eléctrica, baños, y un servicio de seguridad humano a su disposición. Céntrico, a menos de 3 minutos de la estación de metro más cercana.
En la estación de Parque hay tres turnos de guardia. Por la noche, a veces, a eso de las once, y precedido de un ruido mecánico y pasos, todo el andén es inundado por un aroma a caldo. Uno puede ver al vigilante tan tranquilo en la cabina, oyendo la radio, y soplando el vasito de cartón. Para eso hay que asomarse con cuidado, guindado desde arriba del luminoso que indica la frecuencia de los trenes. Es sorprendente lo poco que mira la gente hacia arriba.
Es un hombre. Eso seguro. Sólo un hombre pasaría sus noches sentado en una silla en una pecera de plástico, mirando su pequeño mundo vacío. Si uno se pregunta qué pasa por su cabeza, no hay que esperar demasiado. Una noche se levanta, cruza el paso elevado y toma el regalo que alguien, vaya a usted a saber quién, le ha dejado en el otro lado, y entonces sonríe. Casi no se ven sus labios desde ahí, pero es evidente que sonríe.
A veces uno puede sentirse sólo ahí abajo. Al fin y al cabo, no hay nadie más. Pero siempre se puede esperar a que llegue de nuevo a su pecera, y con pasos elegantes y estirados cruzar la estación, sin mirarle, cabeza abajo, a toda prisa, esquivando fluorescentes. Y él le va a mirar a uno, casi seguro, vamos, así son los hombres. Pero este no se levanta y grita. Uno nota sus ojos sobre el lomo; más que ojos son manos que tiran de las caderas y le empujan a uno contra él, y todo el cielo arde en sus palmas y la sangre jamás se enfría contra los azulejos de la pared, y se es suyo, y se es alimentado cada noche. Si es demasiado intenso uno siempre puede huir y espiarle tras el semáforo, a través del vapor rojizo de los conductos, observar su reacción. Toma su regalo, lo observa al tras luz, y lo huele. Es un humano muy básico, el regalo no huele a nada. Entonces mira hacia el semáforo, inclina la cabeza hacia un lado y saluda con la mano. Uno es feliz mientras regresa a casa.





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